Antes que nada quiero mencionar que yo vivo muy cerca de donde viven mis padres.
Mi padre tiene a día de hoy el control absoluto sobre las finanzas familiares. Él se encarga incluso de hacer las compras domésticas desde hace tiempo y, hasta donde sé, tiene «requisadas» todas las libretas de ahorro. Lo hace para proteger su patrimonio del «ladrón» de su hijo.
Otra consecuencia de este despropósito es la imposibilidad de que mi madre y yo podamos vernos tranquilamente por los alrededores de donde vivimos. Es el terror impuesto por este maníaco, que poco a poco irá haciendo mella tanto en la salud de mi madre como en la mía.
La situación hizo que yo empezara a «replegarme». Ya no podía moverme tranquilamente por las cercanías de mi propia casa para evitar un encuentro fortuito que pudiera traer consecuencias imprevistas tanto para mi madre como para mí.
Finalmente un día coincidimos en la panadería, donde me ignoró completamente (había testigos).
El siguiente encuentro fue ya más desagradable. Estaba yo en la puerta de mi casa y él se dirigía hacia la suya por la otra acera. Cuando me vio solo, cruzó en dirección hacia mí, aparentemente con intención clara de agredirme. Sólo le di tiempo a que me llamara «ladrón mal parido» antes de que yo me protegiera dentro del bar que hay al lado de mi portal. Ahí desistió y se fue.
Hubo un segundo encuentro, también sin mayores consecuencias, en que me volvió a llamar «ladrón mal parido» con una particular expresión de locura.
Más tarde comprobaría que en ambos encuentros su intención de agredirme físicamente era decidida, pero de ello hablaré un poco más adelante.