Aquel fatídico uno de mayo de dos mil diecisiete marcó el inicio de lo que iba a ser el periodo más infame de mí vida, aparte de lo vivido casi treinta años antes.
Otra vez el individuo especialista en tomar decisiones que terminan por arruinar mi vida (un poco más si cabe) entra en escena. Con su manera de actuar desproporcionada, traidora y a destiempo. Este sujeto actúa como un depredador que aguarda sigilosamente el momento más oportuno para asestar un golpe mortal a su presa. El «monstruo» del que estoy hablando no es otro que mi padre.